miércoles, 14 de enero de 2009

hasta luego, adiós /hortensia paniagua 1991/cuentos

EL DOCE A UNA DE LOS ESPEJOS
Muchos hombres pasaron a mi lado vestidos de gris como el destino y derechos con sus elegantes corbatas. Muchas mujeres también, con aire de alguien que camina en pasarela, seguras, hermosas, con tacones finos cómodos, con pisadas que anuncian su retiro y su llegada.
Igual un ciego podría imaginar la intensidad de trabajo al oír el ir y venir de tanta gente apresurada.
Sólo dos esperaban con tranquilidad: un cura y una periodista
Ambos estaban seguros de que serían recibidos sin importar el tiempo de espera con igual distinción cual se atendiera al primero.
De pronto los muebles desaparecieron. Una lámpara de doce bombillas simulando candelabros antiguos, preciosísima, muy fina, se esfumó, pienso que se abrió el techo. Al buscar lo que faltaba —una hermosa alfombra persa bajo mis pies, aún ahí —levanté la mirada y en el instante mismo desapareció. El piso también se tragó a la alfombra.
Miré al sacerdote buscando alguna explicación y quedé más sorprendida aún, lo vi desnudo, ni siquiera su identificación eclesiástica. Nada, ¡Ooh sí!, tenía puestas sus gafas.
El me miraba sonriente. Sí, estaba desnudo con sus pies a nivel de tobillos cruzados y sus manos en descanso sobre sus piernas velludas. Observé mis pies, ya no tenían zapatos. Mi cartera que descansó todo el tiempo sobre mis piernas no la veía, pero sentía su peso y calor. Mi falda y mi blusa cambiaron su color marino por la transparencia. No me sentía desnuda aunque lo estuviera para todos.
¡Increíble! Toda la gente pasaba de un lado a otro sin nada. Quise hablar pero nadie me oía. Sólo el cura me miraba y sonreía.
Noté entonces dos espejos. Uno y otro se disputaban mi cercanía. Me coloqué entre ambos, Sus dibujos tallados se movían haciéndome cosquillas. Estaban intranquilos. Reí, y se oyó mí risa sola, la única en el salón.
El más pequeño, gigante obra de arte en su primer cuadrante, era digno de reina. Medía siete pies y descansaba sobre una repisa de mármol del siglo XVI. Me invitó a abrir cualesquiera de sus gavetas, acto que en seguida realicé. Me raptó de un tirón. Me cautivó con aromas de maderas preciosas. Del florero tallado con delicadeza me ofreció un botón de ribetes dorados estilo pulsera.
Fue como si me embriagara allí dentro. La frialdad del mármol, la inexplicable belleza del botón, y la penetrante fragancia de la madera antigua y joven.
Al instante oí la risa estrepitosa del espejo del frente. Este de diez pies, grande como los valientes imaginarios, mostraba la fisura casi imperceptible de unión de cristales que a su alrededor lo agigantaban, era custodiado por dos candelabros, uno acorazonado y el otro en forma de antorcha, tenía una voz recia que infundía respeto, me dijo:
—Has caído en una trampa. Ese espejo es loco. Debiste inclinarte hacia mí, mirarte en mí directamente. Ese corazón del candelabro de mi derecha pertenece a él, nunca se lo daré, para que no lo dañe haciendo el mal. Lo que está a mi izquierda es la antorcha de la libertad, que si dejara de custodiarla no tendría la mínima oportunidad de retornarte a la realidad. ¡Los espejos somos mágicos! Por eso puedes verme dos veces dentro de él, y en mí lo puedes ver a él. El les quita la ropa y de inmediato catalizo el efecto, me toma exactamente una hora, así evito el caos, pero de vez en cuando, como hoy, alguien cae en su burla. No por tonta sino por observadora, quédate donde estás, disfruta de su juego que empieza a las doce y termina felizmente a la una.
GRAFOLOGIA DE HORTENSIA PARA NATALIE
Me gusta escribir. No puedo explicar lo que persigue mi imaginación. Artesana voluntaria, reconozco el arte gráfico. Por mi parte el placer de escribir es grafomanía.
Existe, sin embargo, una necesidad que me obliga a determinar la acción. Puede compararse con la de pecar ignorando la ley de nacer, crecer y multiplicarse, situándonos entre las dos últimas conscientes de que en pos de una se realiza la otra.
No importa cuan inicua sea la respuesta, es importante tomar lo que afecta a la memoria y la aja hasta los cinco dedos que sostienen vertical el instrumento sobre la página en blanco que acepta el movimiento, que se desplaza horizontalmente dejando plasmado en signos el pensamiento que fluye entre el individuo y las herramientas.
A partir de la forma de los grafismos de la persona se pueden obtener resultados sorprendentes, sobre todo cuando la dolencia es de origen psíquico. La grafoterapia cura tu existir y el médico grafólogo detecta algunas enfermedades físicas o mentales,
Ya no existen secretos, hasta un simple garabato puede determinar lo que escondes.
Escribo grafomanías cuando decido dejarme libre y me apoyó en lo que recoge a vuelo de pájaro mi vista atrevida.
Las miradas indiscretas son cómplices de esta enfermedad, causa de agradables travesuras, sexto sentido de pautas reguladoras, tal cual, es el caso de Natalie, vieja pálida como clara de huevo que se interfiere en mi camino. Impresionante, mucho más por sus ojos negros en fondo de sábanas blancas como luz alta del vehículo que enfoca imprudentemente y que deseas afrontar activando la reacción. Impulso que te acerca o te retira porque extrasensorialmente recibes una orden inmediata.
Me acerco al bulto inválido sobre dos ruedas que no me cede paso. "¡Abre la boca Natalie!", escucho. Miro el puré de
—¡Coma!, para que no le de anemia —Me clava los ojos. "¿Quién es ésta?", supongo que se pregunta y respondo: soy un ángel —se ríe— y vengo a comerme su puré (ríe moviendo su vientre). ¡Abra la boca!— le ordeno.
Obedece, saborea y baja su mirada unida a dos tímidas lágrimas que llegan rápido a perderse en su ancha falda. Me avergüenzo de mi falta de respeto a sus noventa y tantos años.
Una enfermera se acerca y me observa fijamente: —Ella no comprende español, es norteamericana.
Natalie continúa mirándome sorprendida. Por un instante siento un escalofrío y el fuego de sus ojos cuando espero descubrir lo que piensa.
—¡Ha logrado usted un milagro!, tenía siete años sin reír ni llorar, ¡Hoy se le ha curado el alma!

LA CHICA QUE CASO AL DIABLO
Al finalizar el día, todos o casi todos exhaustos de horas de trabajo, queriendo huir de las responsabilidades aún por concluir, nos encomendábamos al Diablo maldiciendo lo que resta por hacer.
Nada puede suponer nuestra invitada que por medio de un sola taza de té puede pasar a la antesala del infierno. Fue así como llegó la chica al salón donde estábamos reunidos escritores, bailarinas, travestis, unos que otros abogados, comerciantes con corbatas de mal gusto, y los mozos—estos siempre en todo lugar— bien vestidos de blanco y negro con su porte militar.
Llegó la visitante un poco sorprendida. Esperó tal vez mejores vajillas, alfombras de grueso espesor y lámparas extravagantes. La recibimos con mucho entusiasmo, más por la raza que resultaba interesante, ya que nunca había pasado por allí un ser amarillo. Pensé que los chinos tenían su propio infierno y, por supuesto, al rojo vivo.
Todos quisimos conversar con ella, que para sorpresa nuestra dominó todos los idiomas. Al gringo le encantó lo explícita que era: "Sure, of course, very exciting", hasta que le formuló esta pregunta:
—That man is a famous writer, isn't he? —Oh no!, that man over there es the Devil!
El brindó con su trago de whisky a la roca y ella con su taza de té chino. Trató de agilizar su paso para alejarse de tal sujeto. A corta distancia lo vigiló, repetía "¿Será el Diablo en persona?", pues se mantenía incrédula. Al cabo de una hora había sostenido conversaciones con alemanes, antes de la Unificación; con italianos aburridos en la ancianidad precoz; con franceses sobre sus nuevas fórmulas del sexo; con un ruso que luchó por la paz e hizo la guerra; con un musulmán que murió buscando un blasfemo, y en español rió a carcajadas tanto que olvidó estar en el infierno y pidió una Coca-cola para brindar con todas las bailarinas en su totalidad españolas, argentinas, colombianas, cubanas y dominicanas.
Inesperadamente el Diablo le cambió la taza por un beso y a su vez el beso por una copa de coñac. Miró alrededor deseando huir.
La pobre chica puritana no descubría su pecado, y, como había hablado con todos en su idioma pensó que para contestar el gesto debía saber cuál era su lengua, pero prefirió el español y le dijo:
—Dicen que es usted el Diablo. ¿En cuál idioma debo hablarle?
—¡Los hablo todos! en el que prefieras, estás en tu casa. —;En mi casa, dice usted?
Asintió, y le tomó la mano derecha donde colocó un anillo de casada.
5:04 A EME
Los ángeles no duermen, poderosa virtud con la cual luchan día y noche.
Hoy exactamente a las 5:04 a eme existe el número uno para continuar el dos, la A y la B sucesiva y consecuentemente para que marchen las cosas. Existen recipientes para almas buenas y almas malas. Las primeras pertenecen a santos de muchas virtudes. La contra es ir al infierno donde reinician sus maldades las segundas y quienes se encarguen de repetirlas tampoco duermen.
La primera maldad o la primera bondad la reciben quienes primero se levantan; si uno no ejerce dominio sobre ellas son ajenas. Uno no es sino un objeto que dirigen a su antojo.
Encendí una luz, contemplé la silueta de una mujer orgullosa, hermosa, de abundante cabellera. Sus redondos ojos miraban a la izquierda y a la derecha.
Trato de despertar. Primera frustración, imposible. Me abrigo, el frío traspasa todo mi cuerpo, me obliga a buscar calor, me acerco al fuego. "Soporta el frío que el fuego quema", escucho. Inclino la cabeza frente al espejo. Sus ojos protectores me observan, comprendo: soy la causa por la cual luchan.
—Dime qué deseas y lo tendrás. Déjame libre tu cuerpo. —Nada podrá el mal hacer si logras vencerlo.
Me coloco frente a los ojos perturbadores, segunda frustración: He confundido mi derecha con mi izquierda.
HASTA LUEGO-ADIOS
¿Eran negros o azules los ojos de Teresa? No recuerdo ¿E alta o pequeña? Tampoco lo sé. Lo he olvidado, hace tan tiempo y fue tan efímero el encuentro que no quedó en r ningún rasgo de ella. Sin embargo, aún me estremezco. Respir y cuanto mas profundo mas emotivo es.
Recuerdo cómo la conocí, incluso la ropa que llevaba, pe me resulta increíble cómo llegamos hasta el cuarto.
La primera vez que la vi, yo esperaba de pie en la esquina no sé qué, miraba algo tal vez, pero seguro que estuve donde debí estar en el momento preciso de su llegada. Llegada rápida como de águila, besos y apretones de manos protocolares a los cuales atrajo nuestra atención y una admiración tentada Intenté retenerla unos segundos para saborear la agradaba sensación del encuentro, pero con un "hasta luego" nos de ansiosos de compartir con ella.
Sé que ocurrieron hechos extravagantes corno la noche > que nos embriagamos todos. El cansancio fue terrible. L placeres fueron complacidos en saciedad al colmo de extraviar los rostros, de ignorar la humanidad profundizando en mundo animal para ver el sexo en su forma mas bestial. Cos; cosas que nunca se olvidan. ¿Eh? ¿Me entiendes amigo?
—Sí, ¿pero cuáles cosas trágicas recuerdas?, nunca pa nada.
—¿Qué no? A mamá la operaron cinco veces, por poco se nos va. La noche antes tenía los ojos hacia arriba, tuve que colocarme en su cabecera para que me viera. Le besé la mano y me quedé esperando desesperado el "Dios te bendiga". Cuando sentí tan cerca la muerte agarré a todos para detenerla en la puerta de la habitación. Claro, esto no tiene ninguna relación con ustedes, pues fue un problema familiar. Es grande la pena de sentir a tu madre casi muerta, no te lo imaginas. Eso y conocerla a ella son dos cosas casi iguales de emoción, por ambas se puede llorar y perder la razón.
—Y luego, cuando se encontraron ¿cómo te sentiste?
—Me sorprendí cuando me dijeron "¿Sabes quién está ahí?, ¡entra!1' Porque cada tarde realizaba la misma monotonía. En el grupo me aislaba para leer la prensa matutina. No atiné qué hacer. Miré alrededor, los borré a todos. Abrí un camino hasta el cuarto contiguo, la tomé por la muñeca y detrás de ella cerré la puerta. La besé, la besé con locura, le dije:
—Me cansé de besarte en el papel.
—Y yo de no verte. No volveré a decir "hasta luego".
—Por favor, no lo hagas —Continué fogoso besándola, inquietándola—. ¿Quién eres? ¿Dónde vives? ¿Qué quieres de mí?
—¡Esto! Eres el personaje de mi historia de amor.
Me dejó libre todos los espacios. Canturreaba o gemía melodías. Colaboró con igual entusiasmo hasta dejarme cansado. Entibió mi cuerpo, me pidió un beso y me dijo:
—"¡Adiós!"
LA HORA, EL AMOR, EL TIEMPO
Quisiera contar los días como lo hace Bienvenido, quien a menudo anuncia la llegada del nuevo mes como si fuera la próxima semana.
Así habló en octubre explicando que las Pascuas estaban al doblar la esquina, en noviembre dijo que esperaría el Año Nuevo trabajando y, para colmo, los cinco sueldos los cobraría en febrero, mes que da inicio hoy como abrir una puerta a su esperado salario, a este cuento y a una nueva etapa en miles de seres humanos.
Bienvenido ignora los problemas en las ciencias, los avances de la tecnología y desprecia las soluciones de la psicología. En cierta forma su visión futurista le impide (ya por rápida o por inculto) separarse de las viejas costumbres.
Es fácil oírlo pronunciar estas palabras: "porque en mis tiempos...",ya que no se da por entendido que él, usted y yo somos agujas del reloj de la vida.
Por eso cuando sentencia me asusto:.ayer al despedir enero, que de hecho fue un mes duro como nos había adelantado, y ahora cuando dice que en febrero se acabará el amor me antepongo a su hora. Alto, delgado, cual minutero, le ordeno reposar, pararse unos segundos; atrapado entre féminas acepta la colaboración del segundero que se detiene inmediatamente marcando veinte segundos, tiempo que utiliza con rapidez diseñando la estrategia que destruirá al malicioso minuto que pretenda acabar con el amor.
Descubro la hora exacta: "las siete", entiendo que sólo yo combatiré, me apresuro, ya que todos los relojes del mundo han decidido apoyarme. Todo depende de mí, esperan acción. Organizo mis sesenta minutos de los cuales tomo solamente quince, los demás los someto a la espera sin desesperación. Esos quince serán de enfrentamiento duro, lo sé, pero no atino al uso de armas, la hora H ha llegado.
Me desnudo, decido tenderme sobre el número romano Vil. Continúa el tiempo segundo a segundo. Pasaron cuarenta. Acelero el pulso del minutero y lo dejo clavado exactamente en el doce, de ahí pasó con suavidad quince veces sobre mí. Puedo sentir la tibia humedad del amor, Es posible que transcurrieran quince años, pero son quince minutos de lucha.
La hora siete quedó marcada para el resto de la vida como la hora que puede salvar el amor.
Bienvenido aún no sabe cómo avanzaron los cinco meses, y yo, la hora, tampoco puedo explicar lo corto del tiempo.
LAS FLORES DE MANTEQUILLA
¿He estado allí anteriormente? No, definitivamente es la primera vez. ¿Es esto un sueño o es la desgraciada realidad?
Transité por donde pasan todos: carros, venduteros, pordioseros, inválidos, prostitutas por las noches, clérigos de día, perros callejeros y de vacas los cuernos que los niños utilizan para emitir sonidos sordos o de oír dificultosos. Estas últimas primero iban vivas o casi muertas con un lento andar a su último destino. Luego eran dos bandas ensangrentadas que daban náuseas contrario a la lástima del animal vivo.
Al caminar este trecho se recreó mi vista en las flores de mantequilla de doña María, gentil dama que invitaba a rezar el rosario en el mes de mayo. Era, es y será el recuerdo más puro que llevo en mí de aquel lugar.
"Mi pubertad, la prudencia ¿dónde están?"
Como me turbó esa mirada, ¿fue miedo? No. Fue Jorge, quien me enseñó a no temer perder la vida, lo que soporté para que el corazón no saliera por mi boca y la fuerza que ejercí sobre mis piernas desafiando el temblor con el equilibrio.
Era un macho pensé, mi hermano mayor, por eso me dio la bofetada, lo mordí y me defendí, desde entonces dejé de respetar su edad porque no tenía razón ¿razón de qué?, aún no lo sé. Cosas de niños, de adolescentes, ¿celos? Se olvidan o se recuerdan por el medio o el motivo de su corrección ¿por qué no se borran inmediatamente las desagradables experiencias?
¿Es posible que sueñe? No, ese puente es real. Tres puentes en uno. Jamás dejaron pasar un carro por el temor de los peatones. No obstante, causó pánico el pasar de todos a la vez cuando lo abrieron al público. Había quienes mientras cruzaban los carros no ponían un solo pie en él. El señor plomero pagaba el ir y venir de quien le llevara su caja de herramientas.
Fue primero de enero cuando se inauguraron los puentes para despreciar el año viejo. A pesar de que ya se perdió el miedo a pasarlos de un jado a otro resultan estrechísimos.
Donde me distraía al caminar hay un tamarindo entre dos corozos. La gente teme coger los frutos que se pudren entre las palmas centinelas que sustituyeron con el tiempo a los dos arbustos.
La casa sí. Sí, está pintada igual. Busco tela arañas en los andamies y no encuentro. Tampoco hay ruidos ni polvo, pero no luce impecablemente limpia reciente. Hay humedad, frío y oscuridad. Son las seis de la mañana de un invierno igual que aquel primero de enero. Todo es igual como dos gotas de agua de un mismo gotero. Incluso el frío que siento.
"Ese olor a café". Mantengo la esperanza para salir de esta duda. Toco tímidamente a la puerta. Estoy despierta. Alguien dijo "entre", para confirmar golpeo otra vez.
—¡Adelante!
Empujo con lo que aprendí de Jorge.
—¡Pasa! Es raro que alguien recuerde estas cosas. Las flores de mantequilla, las vacas vivas y la fiesta de año nuevo, da risa. ¡Anda!, sigue tocando puertas, verás a Genao con su caja de herramientas, a Don César inválido y con tanta fuerza, los venduteros miseriosos, el pordiosero, las prostitutas con ropas alegres y desnudas de alma, y los clérigos con sus caras santas ¡son el mismo diablo!
—¿Qué? ¿Qué dice usted?
—Los perros y las vacas sí son reales, las flores de mantequilla ya no están.
EL CIEGO, EL SORDO Y EL MAR
Cada tarde se reúnen en el malecón los dos viejos amigos de antaño con una debilidad común a través de los años: el Mar.
Les aseguro que la caballerosidad ceremonial en el saludo no falta ninguno de los días en que los sigo por la misma razón: yo también amo el Mar.
Un ciego, el otro sordo y yo entusiasmada de ociosidad con el extraño vicio de observar, y nada más.
—Mucha brisa hoy, mi buen amigo ¿qué dice el Mar hoy?
—Tiene millones de olitas revoltosas, traviesas, creo que han llenado el Mar de angustias, de ahí su intranquilidad.
—No oigo rumor alguno. ¿No hay olas gigantes?
Miro de un lado al otro y al horizonte; nada gigante, salvo un barco que se acerca.
—Ninguna —le responde el sordo.
—¿Se molestan las canas y los cocotales?
—Sí, están deseosos de alejarse, se* inclinan hacia nosotros. Creo que nos dicen algo.
—Y la bandera del Hospital ¿Qué hace?
—Dice que "no" es un ángulo de 45°. Sí, pero habla alto que estoy nervioso hoy y me irrita que hables tan quedo conociendo mi sordera.
—No te enojes conmigo. Siempre recuerdo que para estos tiempos ocurren cosas así.
—¿Cómo así? Tenemos cuatro años reuniéndonos aquí y es la primera vez que observo este tenebroso paisaje que no me gusta nada. ¡Mira! ¡Ooh! perdóname, olvidé tu ceguera. El cielo está cuarteado en pedacitos de nubes grises. En la distancia se unen y el color oscuro va tiñendo todo el mar azul.
—Dentro de poco lloverá. —¿Cómo lo sabes?
—¿Se ha puesto negro el Mar? Algo anda mal si no llueve. Ocurrirán desastres si decimos María la "O", pero si llueve, aunque salga el sol, será un ensayo de Dios con nuestros temores y una tormenta.
"¡Llueve, llueve ya!" ¡Gloria a Dios! Gritó el sordo.
APRENDIZ DE TROMPETA APRENDIZ DE TORERO EN EL PARQUE
Venía del lugar más triste y pobre del país. Estaban en mi camino un aprendiz de trompeta de la cosmopolita ciudad capital y un joven con una capa de raso roja satín, vestido de blanco y negro, con sombrero de espada, galas de un elegante caballero.
La única que puede guardar en secreto la actividad que nos une soy yo, el primero con su instrumento es obvio y el segundo después de impresionar ceremoniosamente al abrir su capa en giro cadencioso con la misma duración que giran las agujas del reloj. Con su estilizada figura es de pensar en un Torero, aunque no exista plaza para toros, pero sí la tradición en el país en una lejana zona.
Mientras el aprendiz de Torero da vueltas moviéndose siempre hacia la derecha frente a un árbol como si fueran las distintas direcciones del toro, cautiva mi atención.
Respiró emocionada hasta el momento en que a distancia me mira, inclina su cabeza reverentemente descuidando la agresividad del toro que pudo envestirlo. Fue entonces cuando temerosa de una tragedia esquivo la vista y decido observar al aprendiz de trompeta.
Este leía en el pentagrama una melodía nueva que hoy presentará ante el auditorio repleto de amantes del Jazz. Tomó un pañuelo muy fino, limpió a la trompeta acariciándola a fin de conquistarla con los acordes que desea. Se inclina confiado, reverente, frente a un atril y da inicio al Concierto.
El primer movimiento lo dedica a los insectos. Oigo el ruido del mosquito, luego grillos, el chillido de la cigarra. Un trompetazo me asusta. El chirriante sonido que me atropella fue bajando el tono de las notas hasta tranquilizarme y ver que en el éxtasis de la sinfonía los árboles son animales, que temo de inmediato vengan a mi alcance. Pero no, obedecen a la bella tonada y gimen sonidos.
Escucho aplausos a mi derecha: el Torero ha matado al toro y hacia mí se dirige con una oreja ensangrentada del animal. A mi izquierda se confunden ¡los vivas!, ¡burras!, ¡oles!, ¡bien!, ¡bravo!
Feliz en el escenario me encamino hacia ellos. Triunfante entro a felicitarlos, sorprendida de la magistral actuación de ambos aprendices que desde ese momento les llamo maestros.
Me siento ruborizada frente a ellos, algo presiento que no va bien. Deseo a unos cuantos pasos decirles "adiós", pero me piden acercarme un poco más, atemorizada lo hago, me toman por ambos brazos: "Es usted nuestro público secuestrado".
EL CIEGO, EL SORDO Y EL MAR II
—¡Hola!
—¡Hola!, pensé que no vendrías hoy.
—¿Cómo me perdería un Mar después de una tormenta? ¡Cuánta paz! ¡qué tranquilidad!
—¿Qué color tiene el mar ? ¿La marea baja? La brisa es agradabilísima, el sol calienta y por momentos las nubes te protegen de él. El cielo parcialmente nublado ¿Verdad?
—Sí, es así, pero nubes bellas plateadas como algodones ¡tan blancas! dejaron sólo al Mar y el fondo azul cielo separó la tonalidad del azul marino por el azul celeste.
—Tus palabras me entusiasman, caminemos un poco.
Se dispusieron a caminar: algo me inducía a curiosear a los dos amigos y los seguí.
—De las olas no escucho rumor alguno ¿No hay acaso ninguna?
—Estás en lo cierto, no hay olas, sólo un movimiento sensual.
—Sí, es eso, un movimiento del Mar que al terminar en las orillas sale una delgada ola como una sonrisa.
—Dichosa la arena que siempre recibe la espuma gloriosa. Somos viejos, añejos los deseos ¿Conoces el litoral?
—No, en lo absoluto.
—Vamos al sur. Esto lo conocí muy bien. ¿Al fondo se ve la península larga, gris entre los dos azules?
—Sí, ¿será San Cristóbal?
—No, es un pequeño pueblo que siempre vi con pena, le sonríe a la geografía, tiene puerto, tiene río, tiene buenas tierras y grandes industrias, pero no tiene suerte.
—¿Por qué?
—Porque todos ignoramos su valor ¿brilla el sol a esta hora? ;Se ve la fosforescencia como un tesoro escondido?
—Si, si.
—De ese tengo un poco en mis bolsillos hecho recuerdos.
SABOR A HIÉL
El hombre escupió. En el vaivén de su cabeza no pudo observar la náusea que produjo su acto involuntario de descarga de saliva amarga o tal vez un trozo de hiél por el horrible aspecto de su rostro.
Estaban juntos por necesidad, por obligación, pero estos gestos habían hecho una barrera entre ambos. Poco a poco se fue notando el deterioro de sus relaciones aparentemente firmes, fuertes, de una pareja ideal.
Ella, una mujer sencilla, de belleza común, corriente, de figura ligeramente moldeada, delgada por herencia, de poca educación, pero con la delicadeza que atrae a las bestias; La Ingenuidad.
Vestida de harapos parecía una virgen. Su mirada compasiva inspiraba ternura, abrazos, caricias.
El volvió a escupir. Ella enrojeció por completo. Soportó continuar en el lugar que habían ocupado en la tediosa espera. "¿Por qué escupirá tanto?", se preguntó, mientras él conversaba de aventuras necias, de su antigua carrera militar. Esta vez siguió con la mirada el descenso de otra odiosa saliva que al caer se esparció al borde de una acera recordando bruscamente el trágico accidente de su pobre perra cuando un camión le desbarató la cabeza y los intestinos brotaron aventados por el ano justo en sus pies y ella al igual que él escupió algo con sabor a hiél.
LA ESCRITORA
Hoy me siento en las nubes. Tal vez a usted le ha sucedido alguna vez. Camino en un solitaria calle acompañada de mis recuerdos. De pronto al frente, justo a la altura de mis ojos, se presenta un desfile de libélulas. Cierro mis ojos con fuerza "¡Dios mío!, ¡qué susto!".
Nada debe asombrarme. Continúo nerviosa mi trayecto. A pocos metros vuelvo a encontrarlas a todas. Algo han venido a hacer en el parque y en mi solitaria calle, puesto que una, apenas bebé, con sus alas blancas y sus patitas rosadas me susurra: "Te quiero y vamos a seguir juntas tu camino".
LA VENGANZA DE NEMESIS
La fue halando ruidosamente como las latas que cuelgan al auto de los recién casados. Transcurrieron veinticinco años de arrastre crual tanto que corría tras él, como colillas de aguacero que producen sus bellos ojos.
Ella evita torcer su dirección mientras camina para no perder su objetivo. El como eje, incondicional siempre, con un soplo de esperanza la mantiene viva en su presentimiento.
El jamás gesticula caricia y si en un momento mira hacia atrás, es para comprobar que nadie lo sigue ¡Perfecto!, ha probado todas las buenas suertes y sólo un pasaje de su vida ha dejado marchito.
Hoy Némesis deja caer todo el peso de la vergüenza. El se dispone a conquistarla inmediatamente por ser encantadora. A punto de la catarsis ei amante un poco irritado, gira de un lado a otro con movimientos torpes e impertinentes. Hace lo imposible por explicarle lo que no puede. Enmudece, trata de recordar el nombre de la que duerme tranquilamente a su lado. Incapaz, decide ponerse los pantalones. Se sienta a mitad de la cama y apretando su entrecejo hace el esfuerzo de evocar algún nombre femenino, uno cualquiera, el que sea, porque la que está allí acaba de huir. Le ha robado la memoria,
PROHIBIDO LLORAR
Hoy decido emprender el viaje que tantas veces he postergado. En tres días llegaré al lugar del hecho, pero encuentre o no lo que busco acabaré de una vez con las fábulas. Voy al Este para esclarecer el pasado inverosímil que gravita sobre mi ascendente, herencia innata que me hizo el más afortunado hijo de la tierra en apariencias.
La cálida mañana y la tranquilidad al inicio del viaje me remontan a mis años de infancia junto a Antonio, defensor celoso de los bienes de la familia, recto y tímido para los reproches por inocentadas de muchachos, sin embargo, insobornable siempre ante las órdenes de papá.
—Es grato verte Antonio ¿Puedes hablarme de él? No me ocultes nada.
—Es mejor no recordar, vivo conforme así. ¿Qué puedo decirle de su padre, si lo fue para mí también. El era muy distinguido. Era un caballero, un hombre de verdad, buena persona sin importar lo armado que estuviera. Así fue como le cuento.
—Siempre solo ¿por qué? ¿Nunca confió sus secretos a nadie?
—¿Y cómo? Con la envidia que le tenían, a quién iba a confiar algo.
—Pero, ¿es posible que la envidia lo desapareciera del mundo?
—Tal vez a usted no, pero había que mirarlo más de una vez porque a la segunda nos parábamos para dejarlo a él solo caminar.
Nos quedamos pensativos, nos trasladamos a la mítica figura de un ser envidiable. Anuncio mi retirada preguntando-.
—¿Cómo está América?
—No casó nunca, despreció a cuantos se le acercaban. Su hermano debe anclar como por diez años. Es bueno que lo vea antes que se haga un hombre. Si ella consciente, no debe usted obligarla, no refiera nada a menos que ella lo indicara.
—¡Bien! Iré a conocer la verdad, deseo oír de sus labios la opinión que le merece un hombre como él.
—La enivida le hablará igual en todos los lugares. Ella fue quien más sufrió.
Parto de la casona a la carretera como si estuviera acompañado por su presencia en los árboles, en el sendero empredado, en el palomar que siempre comtempló con nostalgia, en las palmas, en los dátiles que según él provenían de las Islas Canarias, pero sobre todo, en los almendros que con sus tallos ahuecados sirvieron para hacer pipas imitando la de él, con la cual aprendimos a fumar.
En la carretera fui pasajero del auto del pasado, y sólo entendí lo distraído que estuve cuando me detuve frente a una casa pintada de amarillo y blanco de aspecto muy agradable.
—Es la casa de doña América. Salúdela, por favor, dígale que Andrés lo trajo hasta aquí.
Extendiéndole el pasaje le agradezco el viaje.
—No me debe nada usted, basta que sea hijo de un hombre que hizo tanto bien a mi familia.
"Gracias, ¡qué Dios se lo pague!", le respondo con la gratitud que caracterizó a mi padre, más bien fui hipócrita. Es imposible salir del asombro y del misterio que guardan en este lugar, es como si llevara sus memorias en mis hombros. Todo sucede por casualidad, lo cual me pone de un humor horrible. Poco importa que para todo haya una oportunidad, ésta no la aprovecharé en lo absoluto, pues la desprecio.
Atravieso un portón de madera rústica pintado de brea que deja un espacio mínimo libre para empujar. Queda ante mis ojos un jardín hermosamente cuidado con rosas en todos los colores, enredaderas, pinos y flores de azar, las únicas conocidas por su fragancia, pero capaz de observar en una tarde fresca el cuadro de un niño jugando alrededor de la madre.
—Buenas Tardes —me anuncio temiendo irrespetar la intimidad del hogar—. ¿Es usted América? Soy el hijo de Don Ricardo Clavell.
—¡Dios Mío! Pase usted.
Noto que el recuerdo es capaz,, de ruborizarla. Atina a sentarse y de inmediato confiesa mirándome a los ojos:
—Jamás dejaré de amarlo —y señalando al niño— es mi única razón de vivir.
De sus ojos caen una, dos, repetidas lágrimas. Ante su llanto disminuye mi valentía, la curiosidad y el deseo de conversar para confundirme más en una situación nunca antes vivida. Sé cuál es mí propósito y se impone con cureldad, pero no sé si debo empezar a hablar.
—Dígame algo de él, quizás así recobre un poco su aliento. —Llegó a mi alma y allí permanece inmóvil, su recuerdo me da vida, lo encuentro en todas partes, en los rosales, en el césped, en las aves, en los pinos, no hay paso falso. La firmeza de mi espíritu de avanzar, de luchar, el deseo de triunfar, de crear cosas bellas lo entiendo de 61. "Hay que tener fe", decía. No, no sé cómo explicarte, no creo que comprendas. Espera que una mujer te ame alguna vez.
—¡Por favor!, soy el hijo del mito, hábleme claro usted que lo conoció y por usted...
—¡Anda, dílo! No, no fue por mí, este amor es la más sincera evidencia —mirando de nuevo a su hijo—. Estuve dispuesta a sacrificar mi vida, pero había un fruto en mis entrañas.
—¡Odio la reverencia que me hacen en su nombre, las odio! Qué diferente hubiera sido si estuviera a mi lado. ¡Oh, no! ¿Cómo puedo conformarme con lo que dice usted o Antonio? La envidia pudo más que el amor ¡No, no es posible!
—¿Quieres saber quién fue? Colócate en sus principios morales, así condujo su vida, su amor; así la entregó, así la perdió. Anula la palabra odio y encontrarás la identidad que buscas, la verdadera. La de él, luego la encontrarás.
—¿Cómo puede amarlo aún?
Pero continúan sus ojos solidarios con la angustia que íe he causado. Me dispuse a despedirme de una columna de mujer. A pesar de su debilidad me había empequeñecido y el estupor me hace sentir ridículo al extremo de comprender que algunas de sus lágrimas cayeron sin misericordia por mi imprudencia. Nunca deseé marcharme tan a prisa de un lugar. Sin embargo, dirigí una mirada al niño que me despedía cortés. No obstante el dolor que le provocaba verme quería volver en otras circunstancias menos tristes, tal vez para decirle "hasta pronto", asegurando un retorno que disminuyera distancias.
Para aumentar el frenesí que a partir de este momento pretendo controlar voy de camino a la casa de su mejor amigo, que será mi desuno final.
Cabalgando esta parte por lo angosto del lugar sé que se está apoderando de mí un sombrío panorama que me separa de la realidad y me sumerge en un letargo más oscuro que la noche sin luna del lugar. Dormitando paso balance sobre los mejores años de mi vida adolescente, tormenta en un vaso de agua... En mi soliloquio el camino se va estrechando, no conozco dónde estoy pero el caballo sí, perfectamente. Me confío a él tanto que, cuando la incertidumbre se apodera de mí, le ordeno retornar al camino, desobedece y enojado me úra de su lomo colocándose por encima de mi cabeza. Riposta sacudiéndose ferozmente, respirando me asedia, nos miramos con entrecejo por un instante a la espera del primer paso de él o palabra mía que desate la violencia.
Temo por mi vida, estoy en peligro y con pocas posibilidades de ganar cualquier lucha con la bestia. No es un simple problema, sino un enigma atroz, voy camino al infierno. El caballo se transforma en bagual y aún cuando no puedo verlo de cuerpo entero por la prisión en que me tiene con sus cuatro patas, presiento su salvajismo y su brutalidad. Muevo los brazos y poco falta para que me rompa el cráneo. Me apresa juntando más sus patas delanteras e imposibilitándome cualquier movimiento que no fuera respirar. No sé tampoco a qué le temo. No puede ser un animal si actúa como un hombre ofendido. Miro su sombra proyectada en su frente con el plenilunio que finaliza el mes cuando retorno de la silueta a sus gigantes patas que me mantienen cautivo. Totalmente tolerante deduzco que no es el infierno.
El hombre/caballo para desesperarme o decapitarme debe moverse en algún momento pero está quieto, esperando no sé qué, dispuesto a hacerme pedazos si intento liberarme.
Pero ¡por Dios!, si recurriera a la memoria, si pudiera serenarme. Nada ni nadie viene en mi auxilio, no imagino cómo salir de este rapto inaudito. Me molesta el desaseo, me irrita. Estoy abatido, me rindo, sí es hombre por qué no habla para igualar las condiciones. Me intimida torpemente con sus pesadas patas. Me avergüenzo, tiemblo de pies a cabeza y gruesas lágrimas salen incontenibles, me ahogan llevándose el poco aire que respiro. He llegado al abismo de mi conciencia, pero antes de que la bestia me lleve:
—¡Déjame! ¡déjame tranquilo! ¿Quieres matarme?
Me arremetió con más brío, me patea con sus traseras, me empuja de un lado a otro rompiéndome las costillas y lleno de soberbia habla por fin;
—Puedo matarte, estoy acostumbrado a gente como tú. Estás en el lugar que mereces. Estoy en tu conciencia y haré de ti lo que me plazca. Aquí domino yo. Trata de cambiar tu pensamiento y verás lo que sucede.
Me desafía, Deseo caerle a machetazos, pero estoy indefenso, ni pensar debo.
—Te esperé dos días. Será tu muerte tranquila sin rezos, estamos por encima de eso. Muéstrame tus obras, no debes mentir. Aquí soy quien dicta lo falso o verdadero ¿Qué perfección buscas?
No hablo, sé que conoce todo lo que cruza por mi mente. Es evidente que no cabe en mí más temor e inmediatamente debo cohibirme hasta perder el control de los esfínteres.
—¡Deposita tu vida ahí! En ese bache que ves orina.
Para actuarlo más rápido posible miro de un lado a otro.
Lo interrumpo estallando en sollozos:
—¿Qué te he hecho? ¿Por qué soy tu enemigo?
—¡Ah!, ¿no lo sabes? y tantas insidias le pones a la vida. Urgas para conocer el pasado eminente de quien debes sentirte orgulloso. La envida, te lo dijo Antonio, enfermó a todos y el amor que pudo salvarlo lo sacrificó por ti y no te conformas. Detesto a la gente como tú, puedo hacer lo que quiera contigo. Te detuve antes de tu destino final a pocas horas de que se amargue el resto de tu vida. Créeme, no mereces nada. Evito que destruyas al hombre inmortal que pretendes desnudar para vestirte de su personalidad, El sí pudo con las riendas de su vida, no se extrovertió en sudores, lágrimas y mierdas como tú. El luchó con arrojo por su amor hasta entregar lo mejor de su vida en ese mismo charco de cerdos que no mereció con suficiente valor. Tanto que le ordené llorar para perdonarle y sacó más aún del fondo de su poca conciencia para decirme que desde niño le habían prohibido llorar. .Podrás ver rni naturaleza, es mi desquite y tu gran oportunidad.
Emprendió un ligero galope otorgándome la libertad sin comprender quién ganó o quién perdió, pero consciente de que no debo continuar buscando la identidad de mi padre.
Al fin desperté en mi casa exento de preocupaciones salvo la del almanaque que desde el día veintinueve no tiene la equis acostumbrada y para corregir las faltas marco primero de septiembre.
EL AMOR DE TERESA
"Nuestro mundo eran las madrugadas, las lluvias de mayo, las crecidas del río, la flor de cosecha"
—Puedo llevarte la contraria.
—Inténtalo, peor para ti. Nunca me encontrarás. Estás aquí, yo no. Ando por mi mente a mi antojo, no hay tiranos, pero sí oposición. Soy lo contrario porque no hago lo que deseas. Es la oscuridad de tu cristal la que no permite la transparencia de sentimiento.
Esta vez se sintió derrotado, trató de besarla a la fuerza, sabía que sus arrebatos sólo tendrían fin llegando a ella para convencerla de su amor.
Con los dedos entrecruzados; tendió su cabeza sobre sus manos, haciéndolas responsables del peso de la angustia que día y noche mantenía entre ceja y ceja. Buscaba una respuesta para confesarle su amor a Teresa. De pronto su mirada se detiene en dos hormigas que se apartan del camino rutinario. Le dedicó su atención, su preciosa carga le había impresionado, sintió curiosidad: "¿Un pedacito de estrella?"
—¡Hey!, ¿hacia dónde van? ¡regresen!— estaban rodeadas poruña aureola.
—Quería que fuera mía, para formar un gran hormiguero, pero es tuya. Esta gotita de amor cayó del cielo para tu Teresa.
LA NINFA DE LOS SUEÑOS
Iba sonriente y sereno al salir de la misma oficina todos los días de su vida mirando fijamente al que camina a su frente: su amigo de décadas y décadas.
a Joaquín no había quien le distrajera de sus libros. Rafaelito algo planeaba, pensaba encontrar para él la mujer de sus sueños.
"Si no la hallé en tantos años, mucho menos lo harás tú. ¡No recuerdo cómo era la que tanto busqué, la que tanto esperé. Vete a descansar".
No hubo que intentarlo, fue imposible cerrar los ojos y no verla. Rafaelito admiró la imagen de una figura deslumbrante, pudo apreciar sus recónditos secretos y mínimos detalles. Quiso acariciarla, cambiar la sensación por dolor. Apretó los nudillos de sus dedos faltándole el aliento y sudoroso dejó correr su imaginación: "Ahora no se aparta de mi cabeza, con razón la ama ¡yo también la amaría tanto o más que él!".
Joaquín disimulaba el rubor que se encendía en su pecho. Temía que su amigo llegara a ese lugar tan íntimo que nadie conocía. Sintió miedo y celos de que alguien perturbara sus sueños.
Apretaron tan fuertemente sus ojos que los sellaron con lágrimas. Abrieron las puertas del alma. Empezaron a amarla, se sintieron fogosos, soltaron las riendas. La Ninfa los había fascinado. Rafaelito le acariciaba su oscura cabellera deseando alejarla o excitarla hasta perder la noción del tiempo y el espacio que ocupaba.
Joaquín prefirió observarla, sin furor la poseía a su antojo.
Pasaron por infinidad de placeres, vertiendo sobre la oquedad el regalo de la vida misma.
En la madaigada, de extremo a extremo de la ciudad, en la oscuridad, cuando es más tranquila la noche, dos pensamientos se encontraron en los senos de un mismo pecho imanado de pasión. "La noche llegó*! su fin; cinco y doce minutos".
—"Ya sé por qué la amas. Mejor no la busques, mejor no la encuentres, porque anoche, anoche la robé de tus sueños1'.

EL GRAN MENTIROSO
Fue el gran mentiroso aunque moleste reconocerlo ahora que desapareció y no viene por estos alrededores. Peor aún es decir que ni falta nos hace.
Yo lo extraño. Adoré sus genialidades. Reí con cada uno de sus relatos.
Una vez estampó treinta vacas y dijo que fueron trescientas. La primera vez que subió al campanario dijo haber ido al cielo. Cuando se montó en un Vagón de Caña de Haina a Boya contó que había dado la vuelta a la isla. Era gracioso, mi favorito con sus mentiras.
Siempre lució a su antojo y con elegancia su sombrero de ala ancha y copa baja que estiraba hacia abajo procurando protección a sus enormes orejas. Lo retiraba con respeto en los velorios, al entrar en iglesias o al saludar a personas mayores. Al preguntarle la edad de su inseparable prenda, sonriente contestaba: "¡Mas viejo que Matusalén!".
Les confieso que muchas veces me dejó sorprendida. Venía a sentarse frente a la máquina de coser para preguntarme sobre lo que hacía. No faltaba interrogante a la cual él no respondiera con gran fluidez una ponencia de su filosofía inverosímil.
—Eso tan lindo de papel ¿qué es?
—Es la falda de tres vuelos para la reina de la Fiesta de San Andrés. Ya verás lo hermosa que será.
—La reina es Talía, será mañana su coronación.
—Preciosa jovencita ¿verdad?
—Ya lo creo. Iré a ver si vuela como los pájaros.
Retomé el vestido. Pensé que en cada vuelo ponía gaviotas, palomas o golondrinas. Me contagió su imaginación. El papel blanco era como alas de querubines. Me encantó la idea de coser un traje sobre la alfombra que recorre las nubes. Puse en mis dedos el dedal, bordé el nombre de Talía Primera, de la que me sentí servidora.*
Llegó sin retraso el gran mentiroso, igual que la señora en procura del vestido de la reina. "No deje de ir al desfile", me dijo para despedirse, cubriendo el traje.
Todos estuvimos en la calle. Una hora duró el desfile. La banda de música tocó melodías preciosas que dieron solemnidad al acto. Comentó entonces nuestro gran mentiroso;
—¡Lo ves! Vuela y todos vamos detrás de ella.
Fue su último vuelo de imaginación, No hubo quien le cortara las alas. Siguió detrás de ella hasta poder alcanzaría. La amaba locamente.
LA TROMPETA
Las cosas de Juan, gustarle la lluvia y tocar la trompeta.
Debo pensar que es normal desear que llueva cuando hay sequía en los campos para la siembra, pero todos los días ¿para qué?
"Ya no llueve como antes", dice. "Y, ¿cómo era antes?" — le pregunto.
—Las gotas eran de este grueso —responde juntando sus dedos índice y pulgar.
Otra vez me juega una odiosa broma que trato de ignorar, porque busco hoy hacer mis conclusiones sobre este ser que no es ni deja de ser molestia.
"Tocarla trompeta". Cualquiera diría que sí, que algún día sería famoso, pero la cargaba de aquí para allá. La heredó de un tío músico por ser el único varón de ia familia. Pero creo que era mejor que no la tocara, que tan sólo la amara.
A pesar de que tampoco era normal amar a un instrumento de esa manera decía: "¡Respétenla!, es mi mujer". Nadie le ponía las manos por temor a ofenderlo, además ¿para qué? todos la conocíamos de arriba abajo aunque no supiéramos sacarle una nota.
La respetábamos, sí, por eso todos nos apenamos cuando la cambió por un telescopio. La sublimizamos tanto que la imaginamos junto a arcángeles recibiendo las almas buenas, en todas las sinfonías respondiendo las llamadas a distancias.
Fue imposible llenar el espacio de la maleta de la trompeta con el telescopio adquirido.
Para el nuevo instrumento no teníamos espacio, hubo que construir uno encima de la casa, dejarlo solo todo el día y en las noches frente a él, apuntando a las estrellas en el cielo.
Una noche me invitó a subir ¡a escalera.
—Juan ¿para que me llamas?
—Para que entiendas por qué hice este negocio.
Coloque mi ojo en el círculo. Pude observar a las estrellas y su brillo deslumbrante. y una, dos, trescientas, algunas las noté caer, otras cambiaron de color como si bailaran o nos saludaran. Había de todos los tamaños, parecían diademas. Deseé tomarías, acercarlas hacia mí. Sentí que el aparato me había trasladado allí, tan cerca, que su brillo nos confundía en un baño de luna.
—¿Qué ves? —dijo Juan—. Fue bueno el negocio. La trompeta era una, callada, adolorida, ¡aquí hay millones de estrellas y en cada una algo más!
Nació el Príncipe Rene en 1850, un veintiuno de marzo, en un lugar tranquilo con bosques de caoba.
Creció el niño mimado por sus habitantes. Nadie como él podía disponer de cuanto deseara a su antojo. Sus padres pagaban monedas de oro a todo aquel que inventara un juguete que lo distrajera. Trenes, payasos, barcos y las historias de brujas que tanto disfrutaba en breve tiempo lo llenaban de interrogantes.
"¡Vamos tren! ¿tengo que hablar por tí? hazme reír, ahora, ¡hazlo! ¡Barcos no, por favor, no más barcos sin mares! ¡Y ustedes brujas, salgan de sus escondrijos, ¡háganmeunhechizo!".
Un día la madre lo sorprende y temiendo que su hijo llegara a la locura llama a su amiga confidente. Buscando ocultar la verdad de sus temores le pregunta:
—¿Crees que siendo Reina se es feliz? ¡Habíame!, que mi alma lo requiere en este instante. ¿Me quieres como Reina o como amiga?
—Eres las dos en una. Te admiro. Entendería si temes a algo y trataría de alejar tu miedo a tantas leguas sea posible para que no sufras nunca.
—Es imposible, la duda llegó y la llevo en mí corazón. Es mi hijo, es por él que tiemblo. Lo he visto hablando a sus juguetes, desafiándolos al movimiento por ellos mismos. Son apenas doce años y ya divaga. ¿Es tu hijo así? —Son de una misma edad—. ¿A qué aspira? ¿Qué te dice? ¿De qué se queja?
—Señora, mi hijo y el Príncipe Rene no son iguales. ¿Recuerda usted cuando él quiso jugar pelota?
—Sí, el primero y el último. El no pudo jugar. Todos temíamos que se cayera o que se lastimara el Príncipe, no el niño. Fue terrible oír aplausos para un jugador sentado.
—El Rey no dejó nunca que domara a un caballo. Escuché sus conversaciones a solas; muchas veces anheló montar uno salvaje con todo el peligro y el riesgo.
—Si se lo dicen al Rey, tal vez él por hombría lo hubiera intentado.
—Ustedes son nuestra fantasía. Todos vivimos el mundo increíble de ser Rey, Reina o Príncipe o Princesas ajenos a las desgracias.
El Príncipe Rene rozando la locura salió a caminar por el palmar caribe que protege el más delicado jardín de lirios blancos, rosas, morados y anaranjados. Asombrado por la presencia en el lugar de una bella joven la sigue para luego delatarla por la ociosidad, no queriendo ser descubierto. Deseó entonces apartar el jardín del Palacio, trasladaría a un bosque y rescatarla ante el peligro de la noche desamparada.
Todos los sentimientos florecieron en su alma. Observó su vestido gastado y lo llenó de rosas, la perfumó con lirios, la alcanzó a pasos largos. Se hizo sentir con la respiración acelerada hasta tomarla en sus brazos como un cristal roto a sus pies, la levantó y fue recobrando conocimiento de las cosas.
—¿Qué podré hacer para que mi hijo no llegue a la locura? —¡Déjelo!, que su cuerpo le ordene y su mente lo apruebe.
—"Mírame, no te haré daño.
—No puedo verte. Eres el Príncipe Rene. Eso que me pides no lo podré hacer. Nací un veintiuno de marzo y no he contemplado primavera en mi vida.
—¡Verás ésta!"
Besó tibiamente sus ojos y pudo ver la cantidad de lirios que tanto acariciaba.

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